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Popeye de Bobby London

19 Feb 2015

 

Uno de los personajes que más han sufrido la distorsión que provoca la fama ha sido, sin duda, Popeye. Infantilizado, estigmatizado y simplificado como pocos por las series de dibujos animados y versiones light de sus aventuras, hoy en día apenas nadie conoce de verdad a este personaje.

 

No me voy a poner a dar una charla sobre él, porque es un personaje mediático importante y circula información sobre él de manera abundante. Me conformaré con indicar que el auténtico Popeye surgió durante la época de la Gran Depresión de 1928, no necesitaba comer espinacas y sólo llego a pelearse con Brutus (un mero secundario que originalmente ni se llamaba así) en una de sus aventuras.

 

La tira de Popeye se llama Thimble Theatre (Teatro Dedal) y fue creada por E.C. Segar en 1919 para el New York Journal de William Randolph Hearst. Esta serie narraba las aventuras de Olive Oyl, su hermano Castor, su novio Ham Gravy y otros personajes. Popeye, de hecho, es un marinero, un personaje de reparto, contratado por estos últimos  durante la búsqueda de la gallina mágica Bernice, quee hizo su primera aparición en 1929, diez años después del comienzo de la serie. El Popeye de Segar es una obra maestra del cómic de todos los tiempos y su lectura es o-bli-ga-to-ria para todos los aficionados a los tebeos que se jacten de serlo.

 

Pero no es de este Popeye del que tenemos que ocuparnos hoy, ni tampoco del de Bud Sagendorf (el autor que realizó los tebeos que conocemos mayoritariamente los españoles), ni siquiera del Popeye actual, dibujado por Hy Heisman desde 1994. No, queremos hablar de la etapa de Bobby London, que realizó la tira desde 1986 hasta 1992, momento en el que fue despedido por el King Features Syndicate por realizar en sus páginas una alegoría sobre el aborto (Olivia trataba de devolver un bebe-robot que no recordaba haber solicitado a la tele-tienda).

 

 

The Library of American Comics, el espléndido sello de IDW especializado en la reimpresión de cómics norteamericanos clásicos, ha publicado dos volúmenes recopilando todo el Popeye de Bobby London. La madrileña Kraken tradujo hace poco el primero de ellos (esperemos que este año continúen con el segundo). Kraken también se encarga de publicar en España el Popeye de Segar, cosa que habría que celebrar, ya que la edición española es la que Fantagraphics realizó entre 2006 y 2012, y que en su momento dejó colgada Planeta. No es la primera vez que se intenta recopilar la serie de Segar  en nuestro país, pero si la primera que lo hace en formato álbum, en una mas que buena edición en tapa dura.

 

En las manos de London, Popeye vuelve a ser el de sus comienzos. Al principio de este primer tomo cuesta reconocerlo: sus tiras iniciales están concebidas como gags independientes, hilándose dos o tres de ellos a lo sumo; el trazo todavía no está suelto, se ve al autor demasiado cohibido. Esto es así durante las primeras ciento cincuenta páginas: salvo pequeños detalles que indican el carácter irreverente y revitalizador de Bobby London, confieso que estuve a punto de abandonar su lectura. No cabe duda, no obstante, de la admiración y el respeto que London siente por la serie, así como del profundo conocimiento que tiene de ella y de sus personajes, a la luz de lo que se puede leer en las páginas de este primer tomo.


Sin embargo, hacia un poco antes de la mitad del libro (tiene 340 páginas), la cosa empieza a cambiar. La Bruja del Mar (¡que hermosos y buenos son los personajes de Segar!) empieza a acaparar propiedades y negocios en Puerto Dulce, y el neoyorkino comienza a hacerse fuerte. Poco a poco, Bobby London se va haciendo con la serie. A partir de este punto comienzan a encadenarse aventuras ya concebidas como grupos de tiras, y el nivel sube espectacularmente. Así, poco después, los personajes viajarán a Beharanistán, donde se enfrentan a un régimen autoritario que guarda unas similitudes ideológicas  mas que calcadas a los movimientos integristas del Islam. London sigue aquí la mejor tradición de Segar, que también con varios años de anticipación envió a Popeye y compañía a Nazilandia, bastante antes de la ascensión de Hitler al poder. En su siguiente aventura, el marinero tuerto impide una invasión extraterrestre, para después tener que asimilar la ruptura con su novia de toda la vida, que decide independizarse para poder obtener su propio espacio vital. A estas alturas, London demuestra un dominio de la situación y una soltura envidiables, teniendo momentos sumamente brillantes, no sólo con el guión, sino también en el apartado gráfico, que se vuelve más vivo y derrocha naturalidad. La última serie de tiras narra como una extraña niebla transforma a los habitantes de Puerto Príncipe en determinados aspectos de su personalidad o de su físico; la lucha contra esta amenaza está a punto de terminar con Popeye, que casi muere en el intento de detenerla: sólo la mágica protección de Bernice conseguirá salvar al marinero de un trágico destino. 


London consigue, por tanto, una puesta al día de la serie, que además retoma en gran medida los valores originales de los personajes de Segar, edulcorados ya por el paso del tiempo. La nota que ha obtenido este volumen está perjudicada por sus primeras titubeantes páginas, cosa que parece lógica, dada la envergadura del asunto. Si el otro día hablábamos de tareas titánicas, pensad en que una de ellas es continuar estas series, verdaderos iconos del siglo XX, de una manera digna, con un enfoque nuevo y que además no defraude a sus seguidores de toda la vida.


Calificación: 7 /10

 

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